El Sentido De La Vida

Es muy común, en psicoterapia, que hombres y mujeres por igual realicen una solicitud que no por ser frecuente deja de ser dramática, desean saber:

“¿Cómo darle sentido a mi vida?”

Es en estos momentos cuando me gustaría tener un recetario universal sobre “sentidos de vida” para poder simplemente indicar los tantos y porcentajes de tal o cual actitud y ¡listo! Lamentablemente ni lo tengo, ni existe y si alguien tiene uno espero me haga llegar una copia.

Lo que sí puedo ofrecerles es un bosquejo de los principales puntos que en psicoterapia tocamos cuando surge esta inquietud. Debo insistir en que no es una receta y que, tratándose de una situación absolutamente personal, la construcción del sentido de vida debe también ser personal. Lo que para uno sirve no tiene por qué servir para otros, y lo que a otro sirve no tiene por qué servirle a uno. Aclarado esto, entremos en materia.

La inquietud por darle sentido a la vida es tan añeja como la humanidad misma, si recordamos, las principales mitologías de la antigüedad fueron construidas con ese objetivo; los aztecas creían que la razón de su existencia era la de alimentar al sol con sangre humana, ya que, de no hacerlo, el sol perdería la eterna lucha con sus hermanas:  la luna y las estrellas, y no volvería a brillar; por eso tanto sacrificio humano. Más de un pueblo se ha convencido a sí mismo de ser “el pueblo elegido de Dios” para salvar, o dominar, al resto de los pueblos del mundo. Bástenos recordar a los nazis y algunos países árabes o, inclusive, a los norteamericanos.

Pero más allá de los movimientos sociales, en el ámbito personal, esta inquietud también es muy poderosa, de hecho, esto explica por qué las anteriores tienen tanta fuerza, y nos motiva a una búsqueda incansable del sentido de vida.

Algunas personas lo encuentran al entregarse a la práctica de una religión o  al integrarse en algún club de beneficio social; situaciones que son absolutamente respetables y en muchos de los casos funcionales.

Pero… ¿y si no pertenezco a ningún grupo de éstos, o simplemente ninguno de ellos da sentido a mi vida?

Terapéuticamente encontramos que para dar sentido a la vida requerimos de dos condiciones:

  • Ser feliz, y
  • Tener un sentido de la trascendencia

Ninguna de las dos condiciones es sencilla de cubrir, de hecho son extremadamente difíciles.

Empecemos por ser feliz; lamentablemente no existe el “felizómetro”, la medida que nos diga cuándo una persona es feliz o no lo es. La felicidad es un fenómeno absolutamente subjetivo, cada quien lo ve a su propio modo y conveniencia; por lo que plantear una felicidad uniforme y universal es un absurdo. Así, alguien puede ser más feliz en la medida  en que más bienes materiales o dinero posee, otro puede ser feliz por estar casado y vivir en pareja, mientras que otro más lo es por ser soltero, para algunos la felicidad se encuentra en la soledad, en tanto que para otros se encuentra en estar rodeados de personas.

Un buen parámetro de la felicidad es la sensación de bienestar y satisfacción personal por lo hecho y logrado hasta este momento; no significa ausencia de conflictos o problemas, significa sensación de logro pese a esos conflictos y problemas. La felicidad no viene en un solo paquete que podamos conseguir de un solo golpe, es una construcción diaria que requiere el vivir conscientemente cada momento, decidiendo nuestras actitudes y asumiendo sus consecuencias para bien o para mal.

Sigue siendo subjetivo, creo que si viviéramos más satisfechos viviríamos en una sociedad más feliz.

¿Pero qué requiero para sentirme satisfecho? Nuevamente son dos condiciones:

  • Conocerme adecuadamente, y
  • Saber qué es lo que quiero

Cuando una persona se conoce adecuadamente, cuando sabe qué le gusta y qué no, cuando sabe de sus límites y alcances, de sus potencialidades y herramientas intelectuales, emocionales, físicas, económicas y sociales; sabe a dónde va, sabe lo que le gusta o no; lo que quiere o no.

Partir de este conocimiento es primordial ya que muchas personas basan los cimientos de su personalidad en lo que los demás creen de uno, en lo que los demás creen que deberían ser y no en lo que son, sienten o disfrutan. Valdría la pena preguntarse a sí mismo ¿quién soy?, ¿qué me gusta?, ¿qué habilidades poseo? Y un largo etcétera de preguntas por el estilo. No me cabe la menor duda de que ese sería un buen inicio en la construcción de la felicidad.

El segundo requisito, que yo considero indispensable en la construcción de la felicidad es el sentido de trascendencia.

El sentido de trascendencia es la necesidad de dejar huella en este mundo. Nuevamente es algo absolutamente subjetivo, personal; ya que mientras popularmente se nos recomienda  “escribir un libro, plantar un árbol y tener un hijo” para muchas personas tales metas carecen de sentido ya que no les interesa escribir, plantar un árbol, ni nada que se le parezca, ni tener un hijo.

Para la mayoría, la trascendencia se encuentra en el cielo, un lugar al que aspiran llegar después de una vida en esta tierra, yo creo que tiene que ver  con darle sentido a lo que se hace; saber que lo que estás haciendo va a ser redituable para ti y para otras personas, que a parte de ayudarte, ayudaste con aquello que hiciste. No estoy negando la existencia de un cielo, espero que exista. Lo que estoy diciendo es que más allá de un cielo la trascendencia en esta tierra tiene que ver con las cosas útiles que por los demás hacemos.

Pero hay que ser justos, cuando hablamos de las cosas útiles que por los demás hacemos, debemos tomar en cuenta aún las pequeñas cosas, no imagino mi vida sin Lola, que tiene la virtud de tener mi casa limpia viniendo una vez a la semana, eso es trascendente, más allá de ser un trabajo para ella; ¡Dios bendiga a la madre que educó a un genio musical como Mozart,  un físico como Einstein, o a un alma pura como la Madre Teresa de Calcuta! ¿Quién sabe sus nombres?, seguramente muy pocos, pero vaya que esas mujeres trascendieron porque hicieron bien su trabajo.

Nosotros también podemos trascender, haz lo que te toca hacer, en el momento que te toca hacerlo y hazlo correctamente; disfrútalo plenamente, aunque lo que hagas sea bar sabiendo que con ello a otros, y a ti mismo, estas beneficiando. Estas trascendiendo.

Si te das cuenta, entramos al juego del huevo y la gallina, pues a estas alturas ya habrás notado que ser feliz te lleva a la trascendencia y que vivir la trascendencia desemboca en la felicidad; no importa el orden, lo importante es que juntándolas descubriremos el sentido de nuestras vidas.

Quiero reiterar, que no es una receta, pero que puede ser un buen indicio.

¡Ánimo que sí se puede!

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